El cielo sobre el terreno de juego anda encapotado y pequeñas gotas van calando a los jugadores que luchan con nobleza por el control del balón.
Cuando apenas quedan unos minutos para acabar, un agente de la seguridad del campo, atravesando el césped, se llega ante el colegiado y le dice algo al oído; el de negro se acerca diligente al palco donde habita un señorón elegante que se fuma un Cohíba. La afición grita indignada. El presidente del club comunica no sé qué órdenes al del pito, después le entrega un papel doblado que este repasa gracias a unas gafas de farmacia que guarda con las tarjetas.
Con las canillas al aire y el pelo lacio, el juez de la contienda reúne a ambos capitanes y les enseña el papel. Gesticulan, parecen decir que no y dan patadas contra el suelo. El gentío brama. Cada capitán convoca a los suyos bajo los respectivos largueros para explicarles el contenido de la nota. Se repiten las escenas en ambos campos, los escupitajos, los gritos inaudibles, los llantos.
Los futbolistas se dirigen a la banda y provistos del megáfono que lleva el cansino de Lolo nos mandan callar y leen la nota donde dice que a partir de ese momento han cambiado las reglas de juego: se puede despedir sin indemnización, no se cobrará antigüedad, los trabajadores no podrán jubilarse hasta que no lleven garrota, están permitidas las patadas y los mordiscos entre nosotros, es penalti cagarse en la madre que parió al jefe, el encuentro puede durar el tiempo que de dé la gana al del puro...
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