Madrid, 10 de Mayo de 2011, Luis Algorri, Redaccion Opinión Digital.es
Sentados los ocho o diez en la terraza veraniega, cerveza va y cerveza viene, no tuve más remedio que advertir que aquella mujer me miraba con ojos golositos. Bajita, mayor que yo, morena, con un estudiado aire de misterio, no dejaba de mirarme, parpadeaba todo el tiempo y hasta el más cándido se habría dado cuenta –el más cándido era yo– de que me estaba “poniendo varas”, como se decía en muy lejanos tiempos. A mí estas cosas me han puesto siempre muy nervioso.
Decidida sí era. En cuanto quien se sentaba a mi lado se levantó para ir al baño, la bajita parpadeante le quitó el sitio con toda frescura y pegó la hebra.
–Así que tú eres Luis.
–Eh. Sí.
–Tenía ganas de conocerte.
–Ya veo, ya. Muchas gracias.
–Yo soy Agustina, pero todos me llaman Tina.
–Ah. Caramba. Mucho gusto.
–Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?
Estaba seguro de que lo que yo dijese daba igual porque me la iba a hacer de todos modos, pero asentí, educado.
–¿Tus padres son de aquí?
Ahí quien parpadeó fui yo porque me esperaba cualquier cosa menos aquella tontería, pero le dije que no. La tal Tina se tomó, sin más, licencia para hacer muchas más preguntas y comenzó un interrogatorio... vamos a decir que un poco extraño. Si me gustaba la música. Sí. Si hablaba idiomas. También. Si me gustaban los toros. No. Si hacía deporte. Psé. Si me consideraba una persona constante y trabajadora. Gesto de “qué quieres que te diga”. Si me gustaban las plantas. Pues, mujer, depende, unas sí y otras no, como todo en esta vida. Así durante un cuarto de hora. Cuando la parpadeante Tina, que ya me estaba hartando un poquito con la encuesta, se consideró suficientemente informada, se repantigó en la silla, acentuó todo lo que pudo su estudiadísimo aire de misterio y murmuzó, dulzarrona:
–Y, querido, perdona la indiscreción, pero... ¿de qué signo del zodiaco eres?
Tuve la delicadeza de no hacer ningún gesto brusco y de no mandarla a Santo Tomás Por Saco, que fue mi primer impulso. Aquella petarda otoñal estaba intentando ligar conmigo mediante el truco más requetesobado de la historia universal de la adolescencia. Pero tuve una ráfaga de inspiración y contesté con una cándida sonrisa:
–¿Yo? Acuario. ¿Por qué?
Estallido triunfal de Tina:
–¡Claro! ¡Si estaba segura! ¡Acuario tenías que ser! ¡No podías ser otra cosa!
Empezó a explicarme, radiante, más misteriosa que nunca, que ella era astróloga y que ya había adivinado no sólo que yo era Acuario sino la mayoría de mis respuestas anteriores. Me puse en pie y dejé unas monedas sobre la mesa.
–Mira, Tina. Yo no soy Acuario y, por supuesto, tú no eres astróloga. Tú eres tonta por los cuatro puntos cardinales, hija, que no es lo mismo.
Y me largué.
Debo admitir que estaba equivocado. Tina no era tonta. Tina era listísima. Anteanoche la vi en televisión, más vieja pero con el mismo aire de ensoñación mística y los mismos parpadeos que hace un cuarto de siglo. Ahora tiene, en un canal de la TDT, un programa, por lo visto de mucho éxito, en el que se dedica a “adivinar el futuro” a las víctimas que pican y llaman por teléfono. Finge leer las cartas. Y, claro, ya no se llama Tina.
Farsantes, o no.
Mi hermano Paco lleva treinta años estudiando tarot. Cuando hablamos de ello reconozco que me cuesta mucho trabajo seguirle, pero sí ha logrado hacerme entender que los signos y dibujos de esas extrañas cartas están relacionados con sabidurías antiquísimas que fueron útiles a muchas personas durante milenios. Para él, hoy mismo lo son. Otro de mis hermanos, José Luis, habla de la influencia de los astros con tal naturalidad y erudición que resulta difícil no advertir cierta proximidad, que yo suelo llamar “poética”, entre sus conocimientos de astrología y la ciencia positiva.
Los dos coinciden en algo muy importante: se toman sus estudios tan en serio que jamás se les ocurriría frivolizar con eso, ponerlo en el tendedero público o engañar a nadie a cambio de dinero. Ni a cambio de nada. Paco jamás ha intentado “echarme las cartas”, porque sabe que yo no creo en eso, ni José Luis me propuso nunca hacerme la carta astral, por el mismo motivo. No tratan de imponer sus creencias –porque eso es lo que son– a nadie. A ellos les sirven para su construcción personal. Eso es todo.
Jamás se me ocurriría tachar de farsantes a mis hermanos. No lo son. Pero echen ustedes un vistazo a la TDT por la noche. A mí me dan ganas de llorar. Lo primero que se echa de ver es que, en nuestro país, el nivel de calidad de la mentira ha caído hasta extremos vergonzosos. Qué tiempos aquellos en que aquel farsante que usaba gafas imposibles y que se vestía –digo yo– con los cortinones de la casa de su abuela, el que se hacía llamar Rappel, tomaba el pelo a la audiencia televisiva con una gracia y un ingenio conmovedores. Qué época la del dulce y frágil Octavio Aceves, que hacía como que tomaba notas y sacaba cuentas de lo que le contaba la gente, y luego confortaba el corazón de las señoras (y eran señoras de alcurnia) relatándoles inocuas chorraditas, serenando su corazón con vagas promesas de felicidad, al menos de sosiego futuro, de fornidos novios que estaban al llegar, o lo que fuera. Qué días felices aquellos en que nos desternillábamos con el histrionismo de Aramís Fuster, aquella desquiciada que jamás adivinó –lo mismo que todos los demás– ni cuántas eran dos y dos, pero que logró vivir durante años de la gracia que nos hacían sus increíbles patrañas. Y para qué hablar de la bruja Lola, que era a los tres anteriores más o menos lo que Carmen de Mairena podría haber sido a Jacqueline Kennedy.
La noche de la TDT se ha convertido en el reino, muchas veces ilegal, de auténticos sinvergüenzas sin oficio ni bachillerato que se limitan a aprovecharse de la credulidad, de la ignorancia, del dolor, de la soledad y hasta de la angustia de mucha gente que ya no tiene en qué creer, a qué agarrarse, qué esperar o a quién querer. Lo que vi hacer dos noches atrás a la redomada idiota –listísima idiota– de Tina con una pobre mujer que llamaba para que esta hija de su madre le vaticinase que su marido, o cualquiera de sus tres hijos, iban a encontrar trabajo pronto, porque la familia estaba al borde del hambre, eso me revolvió las tripas. A la pobre mujer le estaba costando 1,15 euros el minuto de conversación, y la miserable de Tina hacía lo indecible para alargarla. Al final le recomendó un amuleto que ella misma le vendería.
No sé si el Gobierno pondrá coto a los sacacuartos nocturnos. Yo, de momento, me doy de baja en la TDT. Para ladrones, prefiero los callejeros, que al menos los ves venir y no te toman por imbécil.
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