La cruel descarga policial del viernes en la Plaza de Cataluña contra las personas indignadas ha tenido, en su mayoría, una ejemplar, pacífica y bella respuesta ciudadana: una flor como símbolo de la concordia y el amor.
Mientras hoy, domingo, gran parte de la prensa dedica sus titulares a la victoria del Barça en Wembley, no deja de atormentarme lo ocurrido el viernes, 27 de mayo, a mi juicio, uno de los días más tristes de la democracia. Algo inimaginable ocurrió en la Plaza de Cataluña. Como en días pasados, se encontraban reunidos los jóvenes, y no tan jóvenes, indignados que, en fechas previas, habían protagonizado unos de los movimientos sociales más espectaculares que recordamos en contra de los abusos del sistema. El presidente de la Generalitat, Artur Mas, quería “recuperar las condiciones de higiene, y también de seguridad” de la Plaza de cara a lo que pudiera pasar el sábado por la noche ante una posible victoria del Barça en la Champions.
Para alcanzar ese objetivo se produjo una cruenta carga por parte de los Mossos d'Esquadra y Guardia Urbana –ajena a cualquier principio de proporcionalidad-, contra las personas que, pacíficamente, se encontraban en la Plaza en defensa de sus derechos, saldándose con más de 120 heridos. Esta actuación ha sido testimoniada en múltiples documentos gráficos que han circulado intensamente por las redes sociales causando una ola de indignación y críticas por la dureza de la acción policial.
A mí, personalmente, me ha producido una gran impotencia y dolor, envueltos en un enorme brote de lágrimas rabiosas, observar toda la violencia sufrida por ciudadanas y ciudadanos indefensos. Y resulta que la paradoja es tal, que El Estado, la banca, los especuladores –para purgar sus culpas y errores- después de arrebatarle derechos al pueblo, dejarle en muchas ocasiones sin hogar, sin trabajo, sin futuro, sin dignidad, le agrede cruelmente por reivindicar lo que ha perdido y le pertenece.
La respuesta de la gente, sin embargo, ha sido, sencillamente, ejemplar. Sentados, los brazos alzados, ofrecían flores a sus agresores - mientras estos descargaban sus duros golpes- en un intento desesperado de apelar a la concordia y al amor, a través de un precioso símbolo que siempre nos trae a la memoriaesas nobles actitudes y sentimientos.
Y es que parece que el ser humano jamás aprenderá de sus errores. Su arrogancia, prepotencia y mezquindad, tapa sus sentidos y su corazón Y, ante esto, no puedo evitar sentir pena por el embrutecimiento de las mentes, y su escasa evolución, en pleno siglo XXI. Y desde luego, no puedo dejar de lamentarme ante la gran falta de humanidad que se está adueñando del mundo.
En un Estado democrático y de derecho, lo ocurrido en la Plaza de Cataluña el pasado viernes, es inadmisible. Deberían depurarse inmediatamente las responsabilidades que correspondan, tanto a nivel político como profesional, si queremos recuperar un mínimo de coherencia democrática. Pero, hoy por hoy, parece que las instituciones que deben defender a los ciudadanos ante agresiones de este tipo se han quedado mudas.
Y mientras lo anterior sucede, según el diario Público del día de hoy, el Conseller de Interior sigue reiterando su satisfacción por la actuación de los cuerpos de seguridad, además de acusar a los medios de comunicación de poner en duda "el trabajo, la calidad, la solvencia y la entrega de la policía del país"…. Y yo me pregunto, mientras se me hiela el corazón ¿Qué concepto de la satisfacción tiene el Conseller?
Y en el presente estado de la cuestión, sólo me falta poner la triste guinda a esta reflexión recordando las palabras, expresadas un día antes de la brutal descarga policial (Público, 27 de mayo), del Presidente de la Conferencia Episcopal, Antonio María Rouco Varela, cuya conclusión con respecto a los miles deindignados que mantienen el movimiento 15-M, es que "los problemas de los jóvenes tienen que ver con el trabajo, pero sobre todo con lo más profundo, con su alma, con su corazón". "Ahí es donde están los problemas más serios".
Y de nuevo, la violencia. Porque ésta tiene muchas caras, formas y modos. ¿Se ha preguntado el Sr. Rouco sobre el alma de aquéllas personas que, ensimismadas en la ruin avaricia, han provocado el empobrecimiento, el dolor y la desesperación de la gente más humilde?
Yo prefiero responder a todas mis dudas de esta forma: Una flor ante la violencia, siempre.
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