La mayoría de los políticos, de los periodistas y de los tertulianos valoran los disturbios de actualidad como valoran los españoles "refinados" los modales.
El modal más refinado, en un país donde la mayoría hablamos con voz recia o a gritos, es hablar en voz baja. Hablar en voz queda es un signo de buena educación. Nada que objetar, a no ser que quienes valoran mucho el tono de voz no suelen dar tanta importancia a la conducta del bien educado a menos que les perjudique directamente. Esto se aprecia en tantos que hablan bien y bajo pero son unos sinvergüenzas. Y es que en general lo de menos es que tras un tono educado pueda haber una mala persona, un hipócrita redomado, un ladrón o un cabrón. De eso saben mucho sus señorías, las mafias y los jesuitas. A estos últimos dedicó aceradas y certeras diatribas, por esto mismo y por otros motivos, el inefable Voltaire.
Pues bien, a las movilizaciones callejeras y a los movilizados los medios, los políticos y los tertulianos que más se hacen ver u oír les aplican el mismo criterio. Mientras apenas notan a los “indignados”, no hay problema. La violencia moral que encierran la conducta de tantos políticos indeseables o ciertas medidas u omisiones legislativas, u otras acciones u omisiones gubernamentales no cuenta. Para ellos, para esos periodistas, políticos y tertulianos son irrelevantes los privilegios y las medidas económicas que favorecen a unos pocos en la medida que perjudican al pueblo; algunas de las cuales suponen tratar a los trabajadores y a los débiles sociales como los antiguos trataban a los ilotas, luego a los esclavos, luego a los siervos y más tarde a los súbditos. Esa clase de violencia moral, pese a que "eso" es lo que originan primero las protestas y luego las reacciones estertóreas y airadas de los “indignados”, es irrelevante o no existe. Violencia, para ellos, es sólo la que se ve y atruena los oídos, la que hace que el entorno huela mal o afee la calle. Sin embargo ¿no se han parado nunca a pensar que al igual que la violencia material entre parejas está percutida muchas veces por la violencia moral que no ha trascendido públicamente, la violencia de los Estados, dentro y fuera de la metrópoli, es la que desencadena en el mundo tanto terrorismo?
"Los Indignados -se oye decir a menudo- quizá tengan razón, pero la pierden por la forma". Por falta de forma se pierden muchos pleitos, aunque el demandante tenga más razón que un santo, como se dice vulgarmente. Pero el "defecto de forma" no es aplicable a los conflictos sociales. Porque ¿quién, en el siglo XXI, no está al cabo de la calle de que precisamente en las "formas" encofradas en los despachos de las empresas, en los parquets bursátiles, en los Foros internacionales, en las sedes de las multinacionales, en los parlamentos y en las reuniones de los Bilderberg se cocinan y se escuda la mayor violencia, los mayores abusos y las mayores canalladas en contra de la vida digna y el bienestar de los pueblos?
Y luego hay otra cosa. Resulta que, observando un poco más de cerca las algaradas callejeras de los Indignados del mundo, el grueso de ellos son jóvenes y no tan jóvenes desmotivados, hartos y desesperados que han renunciado a integrarse en el orden democrático y a las "buenas maneras", que hacen denodados esfuerzos por no traspasar los límites de la “violencia” pese a que ciertos infiltrados, por su cuenta o pagados se mezclan con ellos para soliviantarlos e incitar a los más impulsivos a abandonar los “buenos modales” y a hacerse "violentos". Pero en conjunto se trata de ciudadanos que se sienten tan maltratados por los poderes públicos y por los mercados como la ramera zarandeada por el proxeneta de turno, a los que pueden unirse –y tienen derecho- indigentes y los sin techo que son indignados crónicos pero asténicos a los que la sociedad de "buenos modales", esa que habla en voz baja, desprecia como apestados. ¿Y qué pretenden los infiltrados? pues desprestigiar al DRY y al 15M para rentabilizar políticamente los desmanes, que manchan a todo el movimiento, de unos pocos contra, curiosamente, justo los políticos que más cerca se preocupan del pueblo y de la ecología.
En último término, aun teniendo habitualmente “buenos modales”, algunos acabarían reaccionando como verdaderos "indignados" a quienes todo les da igual. Un pacífico no deja de serlo aunque vuelque un contenedor, si está harto y sumamente indignado...
Además, si los políticos no les respetan ¿por qué han de respetarles ellos a los políticos? La prueba de que no les respetan es que estos emplean los métodos eternos: la violencia "legítima" a la que recurre desde siempre el poder cuando carece de otros argumentos.
Las democracias y los ciudadanos deben respetar las leyes -puede ser- pero, aparte las innumerables transgresiones de la ley en que incurren notoriamente los propios políticos, los modales brutales del poder tampoco cambian. Nunca el poder progresa en paciencia, enseguida tiene miedo y, poniéndose a la altura de los violentos, genera más violencia. No imagina otra coerción que no sea la fuerza bruta para reprimir la fuerza débil de los que, sin causar daños importantes ni lesiones a las personas destinatarias de su indignación, la descargan con gritos, salivazos, huevos, quema o desplazamiento de contenedores. Total, todo esto, al final no es más que la típica confrontación entre los políticos que humillan a los desfavorecidos, que se burlan de los desempleados crónicos y de los que nunca tendrán un empleo, pero miman a los acomodados y a las grandes fortunas porque sus poseedores son quienes marcan el rumbo de la democracia; la democracia de los buenos modales que tanto mira por los banqueros y por los intereses de quienes no necesitan protección, pero nada o muy poco miran por el interés de los ciudadanos comunes y más desfavorecidos.
Se empeñan muchos –siempre por intereses bastardos- en que no hay lucha de clases. Quizá, pero lo que hay delante y detrás de todo esto es una fractura muy grave social porque unos que viven demasiado opíparamente, pero muchísimos más no saben ya qué decir y qué hacer para vivir tranquilos y con dignidad de mínimos.
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