Para apreciar las diferencias ideológicas entre los partidos conservador y progresista español (lo mismo que para apreciarlas entre el partido republicano y el demócrata estadounidense), hay que coger una lupa y examinar a los cuatro muy de cerca. Pues a la distancia de un continente a otro son inexistentes.
No se necesitan pruebas contundentes de lo que afirmo, pues las que hay son de sobra evidentes. Los dos partidos yanquis son imperialistas, y los dos españoles son lacayos del imperialismo. Con esto sería suficiente para negarnos a seguir localizando distinciones. Pero si nos acercamos para sacar algo en limpio en cuanto a distingos a escala doméstica, veamos los que hay en este cuadro de agravios comparativos elegidos al azar entre los dos partidos políticos españoles que podríamos llamar "únicos".
Por ejemplo, el presidente de la Autonomía Andaluza, un tal José Antonio Griñán, del PSOE (partido oficialmente socialista), percibe por razón de su cargo 1.3 millones de euros anuales, mientras que la presidenta de la Autonomía de Madrid, otra tal Esperanza Aguirre, del PP (partido oficialmente conservador), cobra 2.5 millones.
Pues bien en la diferencia (un millón) entre lo que cobran ambos estaría la diferencia real ideológica entre el PP y el PSOE. Ese millón de euros que les separa significa que el uno es rico por un millón menos que la otra que es rica por un millón más.
Por otro lado, los dos ex presidentes, Aznar, del PP (oficialmente el partido conservador), y González, delPSOE (oficialmente el partido socialista) -lo repito para que quede bien claro- tienen, cada uno, una dotación pública de 79.337 euros anuales en calidad de tales ex. Pero ambos simultanean dicha dotación, el primero, Aznar, con 200.000 euros anuales que cobra por Endesa, y el segundo, González, con 126.000 euros al año que cobra de Gas Natural. La distancia numérica entre ambos es la misma distancia ideológica traducida a cifras que hay entre la riqueza de la duquesa de Alba y la riqueza de la baronesa Thyssen. Unos y unas más, y otros u otras menos, pero todos y todas inmensamente ricos… O, si queremos, unos más ricos y otros menos ricos, unos más depredadores y otros menos depredadores, unos más belicistas y otros menos belicistas, unos más devotos y otros menos devotos. Pero todos ricos, todos depredadores, todos belicistas y todos nacional catolicistas. ¿Dónde podemos encontrar las diferencias en ese juego de las mismas que consiste en localizar detalles casi inapreciables cuyo distingo exige una especial atención?
Todo esto pone de manifiesto rotundamente que todas estas gentes que nutren ambos partidos carecen de conciencia social. Tener conciencia social significa haberse hecho uno a sí mismo la siguiente pregunta: ¿qué justificación puede uno inventarse en pleno siglo XXI que explique a su vez, por qué una persona de la misma sociedad no gane nada (por ejemplo, porque se le ha terminado el seguro de desempleo) o gane mil, y otra por el contrario gane una o dos millones de veces más? Si estas enormes diferencias en el sector llamado "privado" (ése relacionado con la llamada "libre concurrencia", con el llamado mercado libre del trabajo o de la producción) pudieran tener una explicación, que no una radical justificación, que no una razón moral, en el sector público son una obscenidad, una humillación, un ultraje, una ofensa en toda regla a la porción de la sociedad que vive ordinariamente en precario, abocada al delito o a la desesperación…
Nadie puede creer en estos tiempos que un individuo en una misma sociedad tenga derecho a lo que niega al resto. Y mucho menos que, gracias al lujo o la opulencia que le proporciona un cargo pueda regirse bien él mismo, y rija bien y honestamente el territorio que dirige. Las diferencias de inteligencia y capacidad de los componentes de ambos partidos son, en último término, las mismas que pueda ver un antropólogo entre un orangután y un chimpancé.
Esto, que se llama privilegio en grado superlativo, no cabe en la mente de un individuo o individua que tengan la inteligencia suficiente como para darse cuenta de que la utopía de hoy consiste en imaginar que este sistema infecto puede mantenerse, y que los millones de personas que han de hacer milagros para sobrevivir van a quedarse quietos y a privarse de la revolución mundial que se avecina.
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