¿De dónde sale el desmedido protagonismo de esas tres agencias de rating o calificación de riesgoqueestán espantando al mundo? ¿Por qué los Estados se atienen a sus dictámenes y los dan por buenos cuando se trata de países en la cola del desarrollo del primer mundo? ¿Cómo confeccionan sus diagnósticos y quién les franquea la información necesaria para formularlos? ¿Por qué de un puñado de personas, cuya honestidad y competencia están por demostrar, depende la suerte financiera de las naciones con todos los desajustes que provocan a la sociedad?
Sus auditorías deben ser muy solventes a juzgar por el alboroto que suscitan en el orbe capitalista. Pero ¿de dónde procede su propia solvencia, credibilidad y moralidad y por qué hemos de creer en ellas? Y aunque fueren honestas y competentes, ¿quien califica a las agencias de calificación? No veo por ningún lado estos interrogantes cuando los medios o los políticos informan sobre los informes de las dichosas agencias; los cuales de esa manera, justo no interrogándose, las validan casi como si fueran instituciones. Europa, con el euro como aglutinante, está zurcida en lo económico pero hecha de retales en lo político. Marx se dio cuenta enseguida al decir que la política es una mera superestructura cambiante de lo económico…
A ellas, a esas agencias, acuden desde hace mucho tiempo los inversores para estimar la solvencia de las emisiones de deuda, y son entidades supuestamente independientes. Pero el fenómeno de su influencia decisiva en los Estados, surgida como por arte de magia y generación espontánea sospechosa, es muy reciente.
Dos de ellas son estadounidenses, y la tercera, Fitch (ahora propiedad del grupo francés Fimalac (60%) y del estadounidense Hearst (40%), aunque no lo es, su mentalidad es comparable. Lo ha dicho el propio comisario europeo Michael Barnier. Moodys y Standard & Poors (es un sarcasmo eso de "Pobres") son de cuño absolutamente yanqui. La noticia de que EEUU está al borde de la quiebra es otra coartada más. Está “al borde”, como Aznar y otros han sufrido amago de atentados que luego quedaron en nada o fueron “preparados” por sus secuaces para poder hablar como víctima en primera persona, pero no pasa nada ni nada pasará... Ya se verá.
De la Revista de Derecho del Mercado Financiero RDMF del profesor Fernando Zunzunegui extraigo lo siguiente:
"Las agencias de calificación son, junto a los auditores, los principales guardianes del mercado. Comparten con las autoridades financieras la vigilancia de la integridad del mercado de valores. Su función consiste en informar al inversor para que pueda hacerse un juicio sobre la verdadera situación de las empresas emisoras y, en consecuencia, pueda adoptar con fundamento sus decisiones de inversión o desinversión. La reputación de las agencias de calificación surge de la independencia de sus opiniones y del acierto durante años en la evaluación de la solvencia de los emisores."
¿A qué clase de independencia de opiniones se refiere?, pregunto yo. Las agencias de rating no son precisamente entidades sin ánimo de lucro. El propio gobierno español paga medio millón de euros anuales a las agencias para que califiquen sus emisiones de deuda. Es decir, el calificado paga al calificador. ¿Valorar la solvencia de un emisor e informar de ello a los posibles acreedores es lo mismo que contratar una auditoría externa para contrastar la propia contabilidad? ¿o no será más bien una opinión particular, y al pagar por ella se pierde independencia y en consecuencia credibilidad?
En ese marco, lo que asusta es el alcance y dimensión de esas calificaciones. Son opiniones y entidades particulares, pero afectan a naciones, a su economía, al precio que pagan por su deuda soberana, a su política y a su posición internacional. ¿Se puede dejar todo eso en manos de unos particulares interesados en su propio negocio?
El caso es que si el globo venía desde hace mucho siendo anglosajonizado con su vergonzosa cohorte de piratería, guerras, invasiones y barbarie, entregarles ahora la calificación de solvencias equivale a rendir también por esta vía a los yanquis el mundo entero. Lo mismo da que los auditores de tales agencias sean buenos o malos, justos o injustos, competentes o incompetentes: planea sobre los países el fantasma de la tendenciosidad y el de la oportunidad/inoportunidad. Por ejemplo, Fitch da a la española Bankia una alta calificación de solvencia. Bankia acaba de crearse y Rodrigo Rato es su presidente, un incompetente dirigente del FMI que días antes de la crisis mundial financiera divulgaba la solidez y bondad de las finanzas mundiales. ¿Cómo se atreve Fitch a calificar de solvente (lo que equivale a infundir confianza a una entidad nueva a estrenar y a cuyo frente está un incompetente) sin esperar un tiempo prudencial para ver lo que da de sí su solvencia? ¿Qué sabe Fitch de Bankia en marcha?
Este sorprendente y prematuro respaldo de Fitch a Bankia me recuerda aquella ridícula investidura doctor Honoris Causa que la Universidad Complutense, en un acto presidido por el rey, dispensó al treintañero Mario Conde cuando apenas había empezado a dirigir el Banesto de sus posteriores fraudes y rapiña. El objetivo fue evidentemente promocionar una solvencia y competencia personales que no mucho después el interfecto aplicó a la ingeniería financiera en su estricto provecho; lo que le costó 20 años de cárcel a los que le condenó el Tribunal Supremo en 1993 (aunque salió de ella muy poco después). Pues bien, con ese mismo espíritu interesado promocional Fitch avala prematuramente al grupo Bankia. (Haré de augur: estoy por asegurar que en un relativo corto espacio de tiempo Bankia y Rodrigo Rato correrán parecida suerte que Banesto y Mario Conde. Bankia quebrará y Rato se verá gravemente comprometido –aunque habrá aprendido la lección de lo que le sucedió a Conde).
En cualquier caso consterna que el planeta esté dominado por una determinada especie humana, la anglosajona, después de haberse librado de aquella otra que intentó hacer lo mismo pero perdió la guerra en el año 45. Todo esto es absurdo. El capitalismo es lo que es porque se ha inventado desde hace mucho la ficción de que los mercados son “libres” y no hay en ellos más intermediarios de la fe pública y de la confianza que el olfato y la capacidad de riesgo que, consultando a las agencias, desaparece en favor de unos pocos y en perjuicio de muchos.
En resumen, el papel de estas agencias podrá considerarse positivo para el tinglado capitalista, pero lo que nunca van a decir –porque no es de su incumbencia- es la triste realidad concluyente: que el Tercer Mundo es el primero y último acreedor del Primero aunque no conste así. O lo que es lo mismo, que el Primer Mundo se pasa su historia viviendo opíparamente a costa de saquear al Tercero…
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