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Por qué detesto el catolicismo


13 Agosto 2011, Jaime Richart

Ante la inminente visita del papa y la conjura de los poderes de de­rechas e izquierdas para impedir manifestaciones paralelas en co­ntra de la visita papal y lo que el papa representa, yo me uno a los paletos, como llama el arzobispo de Toledo a quienes la critican, y digo lo siguiente...

En una conferencia pública que tuvo lugar el 6 de marzo de 1927, promocionada por la National Secular Society el matemático y filósofo Bertrand Russell discute varios argumentos a favor de la existencia de Dios, incluyendo el argumento cosmológico, el argumento de la Ley Natural, el argumento teleológico, el argumento ontológico, y otros argumentos morales. También discute varios puntos concretos de la teología cristiana, donde pone de manifiesto los defectos de las enseñanzas y de la moral de Jesucristo. En especial, Russell argumenta que el hecho de que Jesús creyese en el infierno y en el castigo eterno es algo incompatible con la supuesta benevolencia de Dios.

Russell también expresa sus dudas sobre la existencia de Jesús como personaje histórico, y cuestiona la moral de la religión. Su pensamiento se resume en la siguiente cita: "Afirmo con total convicción que la religión cristiana organizada como Iglesia ha sido y es aún la principal enemiga del progreso moral en el mundo"

Es mi opinión que la religión se basa principalmente en el miedo. Parte de ella es el terror a lo desconocido, y parte, como ya he di­cho, el deseo de sentir la presencia de una especie de hermano ma­yor que nos acompañe en todo momento y nos ayude en nuestros problemas y disputas [...] Lo que un buen mundo necesita es cono­cimiento, compasión, y coraje. Lo que no necesita es la prolongación de los odios de nuestro pasado, ni las riendas al libre desarrollo de la inteligencia que crean las palabras pronunciadas hace siglos por un grupo de hombres ignorantes.

Bertrand Russell explicó por qué no era cristiano en una época en que sobraba tiempo para pensar. Además una mente eminente y matemática como la suya no pudo hacerlo con más contundencia y persuasión.

Eran otros tiempos, tiempos todavía más opacos en los países de tradición católica. Pero estamos en la Europa del siglo XXI y las re­des sociales ponen al alcance de cualquiera los sinsentidos, la irra­cionalidad, las aberraciones y la historia de los administradores no ya del cristianismo sino del catolicismo. En aquellos tiempos Russell arremete contra la idea en sí misma del cristianismo, pero obvia otros argumentos en contra de la Iglesia de Roma propiamente di­cho y del catolicismo desde que aquellos otros "hombres ignoran­tes" pusieron en marcha la religión católica a la que respondieron Lutero, Zwinglio y Melanchton. Russell ataca los fundamentos de la filosofía, teología y creencia del cristianismo, pero elude pres­tar atención es­pecífica al cristianismo traducido en el estricto catoli­cismo de la Igle­sia de Roma. Es decir, no toca, no incluye esos aspectos en su conferencia, pues las entrañas de la Iglesia vaticana y su his­toria tal como ahora el nuevo milenio la contempla bajo los focos perma­nentes de las redes sociales, hace más arrebatadas si cabe las con­clusiones en contra del catolicismo.

Pues bien, si Bertrand Russell cuestiona el cristianismo, ¿qué po­demos decir nosotros acerca del catolicismo, el fundamentalismo de los fundamentalismos  cristianos? ¿Qué podemos argüir contra una religión que va en contra de la mismísima libertad, que cercena la libertad de pen­samiento afirmando el libre albedrío pero sujetán­dolo con las bridas de su exclusiva autoridad? 

¿Qué hubiera debido decir Bertrand Russell acerca no ya del cris­tianismo, sino del catolicismo, el máximo tratado sobre la intoleran­cia que se haya podido idear en occidente? La Iglesia, el catolicismo y el vaticanismo son aparatos pensados sólo para el dominio del ser humano. En realidad, vista la conferencia de Russell desde la óptica de hoy día, me parece fácil argumentar como lo hizo. Lo difícil era, y es, explicar convincentemente por qué se es cristiano, y mucho más difícil por qué se es católico. Pues si ser cristiano se limita a creer que Cristo existió y fundó una Iglesia, ser católico significa serlo para conminar a quienes no lo son a que piensen y actúen como ellos. La liberalidad de un católico en última instancia sólo puede esperarse si es "de base", como habitualmente se les reconoce y denomina.

Porque en el siglo XXI, casi cien años después de la conferencia de Bertrand Russell, lo que es fácil de razonar y de explicar es por qué uno no es católico y por qué además de no serlo odia el catoli­cismo y todo lo que el catolicismo lleva consigo. La facilidad pro­viene de la explicación, casi por sí solos, de los motivos...

Sin embargo, y por consabido, ahora prescindiré de la oprobiosa historia del papado, de la lascivia e iniquidades de muchos papas, de las cruzadas, de la evangelización con arcabuces, de los críme­nes de la Inquisición, de las intrigas y conspiraciones que han circu­lado por el minúsculo Estado durante diecisiete centurias... Pero so­bre todo, prescindiré de resaltar, una vez más, el tráfico nausea­bundo que se ha hecho de las enseñanzas de su fundador. La doc­trina católica es una colosal invención, como sus bulas y las sinecu­ras. Nada tiene que ver con el evangelio ni con la belleza espiritual de los mensajes que contiene y que coinciden básicamente con las enseñanzas de todas las religiones que merecen llamarse univer­sales. Prescindo de todo ello, porque, ante la inminente visita del papa a España por enésima vez, lo que ahora me provoca náusea (habiendo tenido que ingerir eméticos para la otra) es el empecina­miento de otro papa en arrastrar a los gentíos y a los gentiles, como esa engreída diva que ha dejado de serlo hace mucho y se resiste al olvido. Lo que hace que a la náusea que provoca el tenebroso pa­sado de la Institución papal, se añada el patetismo ridículo del pa­yaso que, tozudo, quiere salir a escena sin tener ninguna gra­cia.

En efecto, quienes conocen de mis diatribas e invectivas contra el catolicismo lo comprenderán. Fui educado en él. No en el seno de mi familia, sino en los colegios a los que únicamente en la práctica podía ser entregado entonces para estudiar; colegios cuya pedago­gía iba fuertemente ligada al adoctrinamiento en el catolicismo fun­damentalista y en los principios del dictador.

Pero cualquier niño y adolescente, de aquel tiempo y de todos los tiempos, con una mínima perspicacia progresa en el sentimiento y en el pensamiento por su cuenta. Y al término de la vida colegial, de todas aquellas enseñanzas no quedaba más que una determinada sensibilidad. Y precisamente es esa sensibilidad la que descubre la trama del embaucador.  Porque si es cierto que sólo se ama lo que se conoce, nada se odia más que la trepanación mental. Y ello es así porque luego, una vez que ha cedido la presión y el pensamiento bulle en absoluta libertad, se escandaliza todavía más ante la in­mensidad del adoctrinamiento al que fue uno sometido, como de las vergüenzas que no pueden ocultar muchos de los representantes en la tierra de un Dios fabricado por sus mentes en beneficio propio y del poder civil al que siempre de un modo u otro fueron y van aso­ciados.

De aquello resulta que quizá acabé abrazando en efecto una reli­gión. Pero si es así, desde luego no es la religión con fórceps, no es la religión revelada. Será en último término la religión natural. En los 32 años de democracia que llevamos, en el municipio en el que vivo de 50 mil habitantes, no ha habido más que una vocación… Y cuando hablo de religión natural me refiero a esa tal como se dibuja en la Historia de la Filosofía de la religión; esa que nos remite a una forma de religiosidad superior, a saber, aquella en la cual la deidad ha sido despojada de todos sus atributos imaginativos para ser re­ducida a los términos estrictos "de la razón". Es esa religión que nos religa a todos los seres humanos que, por distintas razones, llega­mos al mismo punto de tres únicas convicciones racionales y razo­nables: una -en cuanto a la trascendencia-, que no es posible afir­mar la existencia de nada superior a lo existente (y quien lo afirme lo hace exclusivamente por su cuenta), dos -en cuanto a la ética- que no hay otra fórmula de convivencia social que la combina­ción del vive y deja vivir, del no hagas a otro lo que no quieras para ti, y del ideal de nuestra conducta, que es que sirva siempre y en toda situa­ción de ejemplo universal.

De aquí se comprende que aborrezca en grado supremo todo lo que signifique afectación, boato, aparatosidad, parafernalia, ostenta­ción, imposición, dogmatismo, rito, alarde y ampulosidad. Todo, justo a lo que se reduce el catolicismo y que nada tiene que ver con la prenoción, la intuición e incluso la veneración de un ente superior que en último caso será íntimo para dialogar con él en la estricta in­timidad. Cualquiera otra religión -está comprobado- es pura política. Y además, en el caso de la católica, política sombría, subrepticia y engañosa.

Porque una persona sana de mente sólo fía las cosas trascen­dentes exclusivamente a su entendimiento, y rechaza lo que en filo­sofía se denomina "lo apodíctico" (lo necesariamente verdadero), pues no existe. Una persona medianamente inteligente sólo acepta de buen grado lo sugerente y lo asertórico, y le resulta imposible creer más a los demás que en sí mismo. Y con mayor motivo si los predicadores se han movido más en dirección de cualquier otro afán que en el "amaos los unos a los otros".

El catolicismo es abominable, lo ha sido y se resiste a dejar de serlo. Si no fuese así, este papa abandonaría el Vaticano, realizaría todos los bienes que la Iglesia posee en el mundo y se movilizaría inmediatamente para impedir que millones de humanos estén mu­riendo de hambre… Pues ellos mismos, en sus intrincadas teologías son teístas, no deístas; es decir se niegan a admitir que Dios se li­mite a ser quien es, sin demandar que se organice en torno a él una religión. Y ser deísta fue herejía. Entonces, habida cuenta que Dios no es providente, y si lo es se abstiene con tantos que mueren por causas ajenas a ellos mismos pero que tienen solución, la razón universal nos dicta que la Iglesia, el Vaticano, debieran movilizarse para socorrerles, quedándose exclusivamente con una humilde ca­pilla y otra simple y humilde oficina de gestión para proseguir el tes­timonio de su fe y de la dinamización de la virtud... O en otro caso disolverse.

Y entonces, en ese caso que cada vez se vez más imposible, todo el mundo creería en ella y en su Dios, en ella, en sus prédicas, en sus consejos y admoniciones. Mientras nada de eso ocurra el mundo, la humanidad, no podrán ver en la Iglesia, en el papa, en los cardenales, en los obispos y en una gran mayoría de sus capitanes otra cosa que fantoches, y en su liturgia algo diferente a una inaca­bable y necia pantomima. No es Cristo quien anida en sus corazo­nes, es la simulación de un Cristo para obtener de él ventaja. No muy diferente de lo que hace cualquiera de los profesionales de la estafa, del dominio y de la conspiración. Por todo lo que ha hecho el catolicismo a lo largo de su historia y por lo que no hace, lo detesto.


Jaime Richart

es colaborador habitual de Opiniondigital.es, Izquierdadigital.es, Rebelion.org y Kaosenlared.net

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