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Desprecio filosófico de la política I/IV


26 Agosto 2011 (20 Febrero 2011)Jaime Richart

Llevo mucho tiempo tratando de retirarme del análisis político como el que se propone dejar el alcohol, la droga o el tabaco. Podría hacerlo sin más, pero del mismo modo que la envidia sólo se cura declarándose uno públicamente envidioso confesar públicamente una decisión tomada en bien de la mente y el espíritu nos ayuda a cumplirla.

Es evidente que una cosa es analizar un hecho y otra participar de él. Pero analizar algo que es por naturaleza inaprensible o fugaz, y en la fugacidad ha de basarse justamente el análisis, desalienta a cualquiera inclinado a las elucubraciones ambiciosas. Desde luego no es lo mismo analizar la política que hacer crítica de arte o literario de algo eviterno o intemporal aunque lo entierre el olvido.

Desde luego, el valor de la política de hoy (pero también el de siempre) es el mismo que el de un periódico de ayer. En uno y otro caso, nada hay más viejo. Por eso pongo en duda el talante verda­deramente filosófico de quienes, ejerciendo de filósofos en virtud de una plaza de magisterio, se pronuncian sobre el hecho político. Me refiero a esos que se tienen, y muchos algunos le tienen por espe­cialmente "comprometi­dos". ¿Comprometidos con qué que no sea con lo que se compro­mete todo bien nacido? Al filósofo, la valentía y el compromiso con valores universales se le suponen; como el valor al soldado. Y debe asumirlo en la intimidad. Pero alardear de estar comprometido con un valor universal como la vida, por ejemplo, es pésima señal de autenticidad. Pues "la vida", así sin más, en tanto sea dependiente de otros, no es materia filosófica a menos que hagamos filosofía de la proeza o de la opresión exactamente.

Lo único bueno de la polí­tica no es filosófico. Es que todo el mundo entiende de ella en la misma medida que, si se detiene a pensarla un poco no entiende nada. Sólo un ejemplo- ¿cómo puede com­prenderse lo que di­cen, urbi et orbe, los dirigentes de las potencias que guerrean por la libertad en la mismísima sede de otras culturas ajenas asesi­nando, masacrando y cometiendo genocidio, cuando la principal re­gla de la filosofía civil es la no injerencia, no entrometerse en las vi­das ni en las costumbres, ni en la religión, ni en el pensa­miento de otras sociedades y cuanto menos próxima con mayor mo­tivo? ¿Qué clase de derecho pudo alegar para justificar la inocula­ción de las ideas de quienes dominaban en la España, el Portugal o la Gran Bretaña o Francia en el siglo XVI al recién descubierto Nuevo Mundo, o su evangelización  y cristianización a machetazos?

En cualquier caso sabemos que los políticos, tan pronto pueden estar a favor de una opción como de la contraria, tan pronto se alían con éste como con aquél con un cinismo a prueba de integridades. Cuando un adjunto de De Gaulle le preguntó cómo era posible que le aclamasen a él cuando hacía unas horas aclama­ban a Pétain, le respondió: "Ils son les mêmes", son los mismos... ¿Merece esa constante contingencia el más mínimos análisis que no esté a cargo del militar, del estratega o del corresponsal de una batalla? ¿Cree­mos realmente que la filosofía debe enlodazarse en seme­jantes desvaríos?   

Las contradicciones, los contrasentidos, la injusticia radical (de raíz, es decir en virtud de las propias leyes), las ligerezas, los aten­tados rotundos contra la vida y otras zarandajas de la política son tantas que a cualquiera, a menos que no pase de homínido, se le ocurrirá descifrar, ni siquiera intentará poner en orden las actas par­lamentarias de una década. Pues no puede esperar que, en su conjunto, confrontadas unas con otras y todas con la realidad humana, del contraste y de la síntesis no haya de salir una batería de despropósitos. ¿Es material para discernir en el plano filosófico con una mínima garantía? ¿No lo liquidará el trasunto de la política el filósofo como un mero torneo medieval sucísimo o sin reglas o con reglas puestas justamente para ser burladas?

Por todo esto no tengo ningún aprecio por Sócrates, el "fundador" en cierto modo de la lógica formal. Parece mentira que por quedar bien consigo mismo, con la posteridad y con sus amigos que le ofre­cían la huída de la prisión tomase la cicuta sólo por cumplir la ley del Estado. Parece mentira que no se diese cuenta de que la ley del Estado es tan rígida o tornadiza como les convenga a quie­nes en ese momento están al frente del poder... ¿Puede haber algo más necio que sacrificar la vida propia a las veleidades del Estado, de la política y de los políticos? En todo caso ¿de quién se sabe, an­dando el tiempo, que, pasando por filósofo haya vuelto a entregar su vida por semejante estupidez? Ni siquiera quien ha pasado a la historia por un gran hombre o una gran mujer... Su ejemplo, si es que lo debe ser, no ha servido para nada. Esta es otra prueba de la inani­dad de la política y de su nulo va­lor... filosófico.

El filósofo Epicuro, en cambio, mucho más penetrante de la esen­cia de la vida y de la política alertaba a sus alumnos de la Academia sobre los peligros de adentrarse en el proceloso mar de la política. ¡Lejos de la política!, les decía... Yo desde luego dudo de que la po­lítica sea inevitable, pese a que la civilización la ha hecho inevitable. Pero al igual que raro es el ciudadano que quiere ser matarife o ver­dugo o limpiador de cloacas, raro debiera ser el que desee dedi­carse a la política: no sé si la más vieja haciendo com­petencia en vetustez a la otra, pero sí la más innoble de todas las actividades humanas.

Pues bien, hace diez años exactamente (desde la invasión imperial de Afganistán con un infame pretexto), le vengo prestando una atención desmesurada. Prestando atención a los hechos in­ternacio­nales y, puestos a ello, a los domésticos, como un politólogo aficio­nado, en buena parte para no alejarme demasiado de la realidad, para esquivar el riesgo de la esquizofrenia y para observar más de cerca (mediante su análisis) el "fenómeno político". Pero en realidad lo "sabía”, era un prenoción. Lo sabía. Como cualquiera que filosófi­camente busque "lo absoluto", sabía que la política es precisamente el plano intelectivo y discursivo donde me­nos posibilidades hay de encontrar "lo absoluto". Pero me faltaba la comprobación científica, como Heráclito quiso probar su teoría sobre los cuatro elementos arrojándose a un volcán en erupción…

Al contrario, ese, el de la política, es un espacio ocupado exclusi­vamente por anguilas que sólo pue­den ser retenidas en la mano apenas un instante. Nada hay más resbaladizo y más inestable. No hay metal que, como el cobre dando consistencia al oro de otro modo esquivo, se pueda alear a la política. Pues en la práctica no existe sistema social, político y eco­nómico mínimamente satisfacto­rio para "todos". Aquí está la clave de su naturaleza inmunda. En todo caso podríamos aspirar a un modelo en el cual todo el mundo se sintiese relativamente insatisfe­cho. Pero la insatisfacción de un solo ciudadano en sus cabales, in­validaría el modelo. Siempre habrá catervas de ciudadanos vícti­mas de él, aunque sólo sean los que han de vivir recogiendo los desperdicios dejados por los otros...

Voltaire decía que la libertad de todo un pueblo no merece derra­mar ni una sola gota de sangre. Y ya vemos cuánta se derrama a lo largo de las décadas, no por la libertad de todo un pueblo sino por el interés de un lobby. Y tampoco es cierto que, como dijo Winston Churchill, la democracia sea el menos malo de los posibles. Y no lo es, pues admitiendo que la democracia parlamentaria occidental pu­diera considerarse así por un momento y habiendo distintos niveles y clases de democracia, no se sabe en cuál de ellos y de ellas es­taba pensando cuando hizo esa proclama circunstancial… propia del político pero en absoluto del filósofo.

La división de poderes con arreglo a la idea de Montesquieu (que es la que da la impronta a "todas" las democracias occidentales), no es más que una teoría. La praxis y la interpretación de la misma la ponen no las leyes ni las instituciones, sino los personajes y las tri­bus dominantes en cada sociedad que se dice articulada en demo­cracia. La separación es ilusoria. Todos, a su vez dependen, cons­ciente o incons­cientemente, de la historia más reciente en primer lu­gar, de la histo­ria remota en segundo lugar, y del soporte cultural dominante (reli­gioso o laico, católico o protestante, grecorromano, eslavo, sajón, anglosajón, nórdico, eslavo...) en tercer lugar. Y a eso se añade como opción la solución marxista. No hay democracia, hay muchas democracias, muchas maneras de organizarse una so­cie­dad, incluso la anarquía entendida como una colectividad com­puesta de ciudadanos absolutamente responsables. Y salvo la dire­cta, que hoy no existe y la ateniense que sí existía pero de ella esta­ban excluidos los ilotas, los esclavos y los extranjeros, no hay de­mocracias dele­gativas de las que se pueda esperar un mínimo equi­librio y equidad en el trato dado por el poder a "todos" los ciudada­nos. Así es que ya se me dirá si no ha de ser el nerviosismo,  la in­dignación o la rabia los estados emocionales que nos lleven a ocu­parnos de “la Política”. Pero si nos situamos en el plano filosófico, tengamos por seguro que ese estado emocional será el desprecio.


Jaime Richart

es colaborador habitual de Opiniondigital.esIzquierdadigital.esRebelion.org y Kaosenlared.net

 

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