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Desprecio filosófico de la política II/IV


2 Septiembre 2011 (20 Febrero 2011), Jaime Richart

Uno de los temas de mi atención justo en estos últimos 10 años, cercado, acorralado por los acontecimientos mundiales y los de este país, ha sido "la política", una atención, por otra parte, desmesu­rada e inmerecida. Total, diez años asqueado. Pues pensar la po­lítica y a los políticos, fuera de la política, requiere mucha cintura.

Antes la ignoraba. Vivir cuarenta años de franquismo sin la política tal como es, no como debiera ser, atrofia su sentido en cualquiera; en cualquiera... excepto en personajes siniestros como el transfor­mista Fraga Iribarne. Me ocurrió lo que le ocurre a una mujer violada o al hombre castrado: se les quita las ganas para siempre… Sólo la ig­nominiosa invasión de Afganistán y la consiguiente muerte de mi­les, ¿centenares de miles?, de ancianos, mujeres y niños, camu­flado el invasor en una sarta de mentiras, me sobresaltó hasta tal punto que algo de mí también recibía la horrible metralla mientras presenciaba en la televisión las trágicas escenas de afganos civiles aterrorizados por los repentinos bombardeos.

¿Y a esto conduce la política? me dije para mis adentros. Y durante ese prolongado pe­riodo sin ella en España, si, como he dicho, por un lado, me ha in­habilitado, por otro me ha permitido meditar mejor sobre ella sin la presión del sistema que nos aplasta. Ello me condujo a conclusio­nes, corroboradas por la realidad, como las siguientes:

Se dice que la política es necesaria, pero lo es relativamente. Tan relativamente necesaria como la religión o la prostitución. Existen, pero son prescindibles. Hay que situarlas al mismo nivel, aunque la más modesta, la prostitución, es la más noble de las tres. Por ello, en la medida que se considere necesaria lo será de una manera bien dispar según quién sea el juzgador y según su catadura. Por ejemplo, para mí la religión es reemplazable por la ética civil aunque ésta provenga en parte de religión; la desconsideración social hacia la prostitución del cuerpo debe desviarse a la prostitución de la con­ducta pública, con independencia de que ésta sea además en su caso perseguible y condenable; y los políticos, reemplazables por funcionarios públicos sin honores ni privilegios, elegidos directa­mente por la sociedad. El político devenido en funcionario, y el pueblo en sociedad.

De acuerdo en que el sistema perfecto es la anarquía. Lo que ocu­rre es que al igual que Marx pensaba el comunismo para una socie­dad desarrollada industrialmente, la anarquía sólo es posible en una sociedad muy desarrollada moralmente. La conciencia y la plena responsabilidad, retrasadas por el capitalismo, son tan im­prescindi­bles en la anarquía que hacen de ella por el momento una utopía. Por consiguiente, si no se cambia el sistema y hemos de conformarnos con la política al uso, yo personalmente concluyo que la que hay es nauseabunda: en este país y en todos. Y no sólo no va a cambiar para mejorar, es que cada vez va a ir a peor. Lo único que me cabe, pues, es soportarla y prestarle la menor atención posible.

Pues la política al uso no se diferencia en nada de la religión con ambiciones como la católica. Tanto en aquélla como en ésta sus mandatarios dicen una cosa y hacen otra usualmente depravada. Ni en este país ni en ninguno del ám­bito capita­lista los políticos es­tán atentos a otra cosa que no sea su enriqueci­miento personal, instantáneo o aplazado, el de sus allega­dos y el de los conmilitones de partido. Y esto, que es ya crónico e incorregible, la ciudadanía lo acepta, resignada, como si ese fuese el precio que debe pagar por presumir de vivir en democracia. Son inútiles sus esfuerzos de rege­neración. La manipulación de los in­tereses colecti­vos, el soborno en sus varias modalidades y la preva­ricación los lle­van grabados en los genes. 

Algunos impolutos intentan con su conciencia, su proceder y su vida dar dignidad a los otros, pero al final son tontos útiles habida cuenta su escasa repercusión en el todo, y que siempre deberán mi­rar a otra parte para seguir protagonizando… la política. En todo caso su acomodo, como el de todos los demás, está fundado en la pobreza y en el malestar de grandes mayorías del país y del mundo... Todos son culpables, por acción o por omisión. Todos con­sienten en público lo que su conciencia rechaza en privado. Por eso los detesto y detesto la política tal como se practica en los paí­ses del entorno capitalista y como superestructura en todas partes. Y la ese desprecio lo llamo filosófico, porque lo filosófico atiende exclusi­vamente a la naturaleza o esencia de las cosas, y no a su aparien­cia.

Todo, Maquiavelo en estado puro…

 

Jaime Richart

es colaborador habitual de Opiniondigital.esIzquierdadigital.esRebelion.org y Kaosenlared.net

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