La soledad puede ser la antesala de la felicidad.
Estando solos, sin ruidos ni brillos que distraigan la atención, es cuando podemos bucear en nuestro yo interior, acariciar y contemplar nuestro espíritu y tallarlo, a solas, en silencio.
Podemos llorar nuestra soledad, pero también podemos (y debemos) usarla para crecer.
¿Y si compartimos soledades?... estando juntos, mano con mano, labios con piel juntos... acariciándonos, fundiéndonos ambos, en soledad compartida, vivida y sentida en un momento sublime…
Piénsalo, suéñalo…
Recuérdalo.
Miguel Angel Garcia Sánchez