Malestar psicológico

El sufrimiento en nuestra sociedad

El sufrimiento es un sentimiento que nos bloquea, nos provoca malestar y nos impide afrontar los problemas.

El sufrimiento y el sentimiento de culpa están profundamente arraigados en nuestra cultura judeocristiana. Seguro que hemos escuchado más de una vez la expresión de que “el mundo es un valle de lágrimas”. Una justificación de la resignación para asumir el daño que nos ha tocado soportar.

El cristianismo surge en una sociedad dividida entre amos y esclavos. Se extiende por el antiguo Imperio romano. Y si bien es cierto que el mensaje cristiano iguala a los dos estamentos declarando que todos somos hijos de Dios, no llamaba a romper el orden establecido, el status quo, sino a aceptarlo. Como bien señala la página web Bibletalk TV, en una epístola a los Efesios, San Pablo declara: “Siervos, obedeced a vuestros amos en la tierra, con temor y temblor, con la sinceridad de vuestro corazón, como a Cristo; no para ser vistos, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos, haciendo de corazón la voluntad de Dios.”

En la filosofía cristiana, el sufrimiento en la vida terrenal es una de las llaves de entrada al reino de los cielos. Una vez hayamos muerto, todo nuestro dolor en vida será recompensado tras la muerte.

Este mismo pensamiento servirá de base para levantar la sociedad feudal. Una sociedad donde esta vez el mundo está dividido entre nobles y siervos. En estamentos inmóviles. De tal manera que cuando alguien nacía noble, moría noble. Y quien naciera siervo de la gleba, moriría en esa condición. El sufrimiento estaba tan arraigado en la sociedad de la época que hasta las enfermedades eran vistas como un castigo divino.

La sociedad ha evolucionado, pero esa predisposición al sufrimiento sigue arraigada. En gran parte por motivos culturales. Uno puede pensar que, como no es creyente, estas ideas no le afectan. Pero nuestra cultura occidental bebe directamente del cristianismo. Como la cultura oriental está influida por el hinduismo, el budismo, el confucianismo y otras manifestaciones religiosas.

Tampoco con esta introducción pretendo cuestionar tus creencias individuales. Solo deseo señalar que el sufrimiento no puede condicionar tu vida. En cierto modo, la psicología moderna nos ayuda a superarlo.

La predisposición al sufrimiento.

Colocarse como víctima de las circunstancias es una posición cómoda. Nos regocijamos en nuestro dolor, en nuestro infortunio, y evitamos cambiar esa situación que nos hace daño. Lo señalan muy bien los psicólogos de Psi Barcelona, un gabinete psicológico de la ciudad condal que se reclama de la terapia Gestalt, desde la que enfocan la sanación de las heridas que nos aparecen en la vida y que son causa de multitud de trastornos psicológicos y mentales. En un artículo publicado en su página web hablan de la tendencia al sufrimiento.

Con frecuencia, muchas veces, tendemos a pensar que lo malo que nos sucede es culpa de los demás. O de las circunstancias, o de la mala suerte. O de la sociedad. La sociedad es la culpable. Colocamos la responsabilidad fuera de nosotros. Por tanto, nosotros no podemos hacer nada por cambiar la situación, solo sufrir.

Para la psicología Gestalt no existe la culpa. Los profesionales que siguen esta escuela no hablan de culpables. Prefieren hablar de responsabilidad. Asumir lo que nos está pasando y ver cómo lo podemos superar. Colocando el motor de cambio en nuestro interior, y no el exterior, que se escapa de nuestro control. Este punto de vista nos hace más libres. Nos permite ser dueños de nuestra propia vida.

Desde el punto de vista de la terapia Gestalt, toda acción tiene consecuencias. Esto no significa que debamos ser esclavos de las consecuencias de las decisiones que tomemos, o de las cosas que hagamos. Sino que nos invita a reflexionar antes de actuar. Y nos presenta la vida como un entorno cambiante. Donde lo negativo puede transformarse en positivo, dependiendo de las acciones que emprendamos.

Es lógico que cuando nos llevamos un palo en la vida, una desilusión, un fracaso, cuando somos objeto de una agresión, en un primer momento nos sintamos doloridos. Pero debemos aprender a superar el dolor; tras un periodo prudencial de recuperación, como sucede con las enfermedades físicas, debemos levantarnos y proseguir con nuestro camino.

Desengaños amorosos.

Las relaciones sentimentales maltrechas son una de las fuentes de sufrimiento más habituales en la vida. ¿Quién no ha sufrido alguna vez por amor? ¿A quién no le ha dejado alguna vez su pareja, haciéndole pasar un periodo de pesar? ¿O quién no ha dejado a su pareja, siendo esta vez él quien infringe el daño?

La idea romántica del amor está saturada de ideas negativas: “El amor es sufrimiento” o “Quien bien te quiere, te hará llorar”. Que es poco más que justificar el maltrato. La idea predominante debería ser la contraria. Querer a alguien debería ser fuente de dicha, de alegría, de satisfacción. Si no es así, es que no hay amor.

Muchas veces las relaciones sentimentales fracasan porque no hemos elegido a la persona adecuada. Tras esa primera etapa de enamoramiento, en la que estamos obnubilados por la otra persona, terminamos dándonos cuenta de que no somos compatibles.

Pero otras veces, la relación se termina estropeando. Quedarnos atrapados en una posición de sufrimiento, de víctima, no impide analizar qué ha pasado, qué nos ha conducido hasta ahí. Por tanto, no podemos cambiarlo.

La revista Psicología y Mente señala que la falta de comunicación, los problemas de convivencia, la rutina y otros factores son las causas más habituales de crisis de pareja.

La falta de comunicación es el origen de la mayoría de los conflictos de pareja. Callar lo que molesta o no expresar las preocupaciones por evitar discusiones genera un distanciamiento paulatino que debilita el vínculo afectivo. A esta desconexión inicial se suman con frecuencia los roces de convivencia, derivados de idealizar la vida en común e ignorar las diferencias en hábitos y costumbres que exige un proceso de adaptación.

Por otro lado, la rutina y la monotonía erosionan la relación cuando se da por sentado el compromiso; alimentar el interés mutuo mediante actividades compartidas y pequeños detalles resulta imprescindible para evitar que el día a día se vuelva repetitivo.

Existen otros desencadenantes severos como los problemas sexuales, cuya insatisfacción mina la complicidad si no se aborda de forma abierta. Estas carencias o distanciamientos previos suelen actuar como un terreno abonado para las infidelidades, un quiebre de la confianza que, además de resultar profundamente doloroso, suele ser el síntoma visible de un deterioro estructural más complejo.

Lo importante en todo lo que estamos viendo es que hay que esforzarse por ver qué es lo que ha pasado en una relación en la que los dos se querían y al final se distanciaron. Un ejercicio fundamental para intentar resolverlo. Si es que hay voluntad por las dos partes de seguir juntos. En ocasiones resulta complicado, y buscar ayuda profesional es una de las mejores soluciones.

El malestar psicológico en el trabajo.

El trabajo es otro de los entornos que nos puede provocar malestar psicológico. Sobre todo si trabajamos en un ambiente laboral que nos resulta dañino, si somos objeto de algún tipo de acoso laboral o si estamos sometidos a un nivel de presión que no podemos gestionar. El malestar en el trabajo no solo merma nuestra productividad laboral, también afecta a otras esferas de nuestra vida. Puede provocarnos una alta irritabilidad que deteriore las relaciones personales que mantenemos con nuestro entorno más cercano, llevarnos a un nivel de apatía que nos haga perder el interés por todo o conducirnos a un nivel de aislamiento social que se manifiesta más allá del trabajo.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) habla de riesgos psicosociales en el trabajo y relaciona directamente la actividad laboral con la salud mental.

Cuando el entorno laboral carece de apoyo y presenta riesgos psicosociales, dice la OMS, la salud mental puede verse seriamente comprometida. Entre estos factores de riesgo destacan la sobrecarga de trabajo, los horarios prolongados e inflexibles, la falta de control sobre las tareas, la inseguridad laboral, las remuneraciones inadecuadas y la falta de reconocimiento. A esto se suman problemas de cultura institucional como el acoso laboral, la discriminación, la violencia y la falta de apoyo directivo o de conciliación familiar.

La vulnerabilidad se intensifica en la economía informal, que engloba a más de la mitad de los trabajadores en el mundo. Trabajadores sin derecho o con derechos restringidos. Quienes trabajan así, operan sin marcos regulatorios de seguridad ni protección social, expuestos a largas jornadas laborales y condiciones precarias que deterioran de manera significativa su bienestar emocional. Garantizar la gestión de estos riesgos psicosociales resulta esencial para preservar el equilibrio mental y la estabilidad de la población trabajadora.

La relación que se da en la empresa o en el puesto de trabajo puede ser factor o causa de una gran cantidad de trastornos mentales o psicológicos: el estrés crónico, el síndrome de burnout (síndrome de trabajador quemado), la fatiga mental e incluso cuadros de ansiedad y de depresión.

Una vez más, adoptar una posición victimista, de aceptar el sufrimiento, no nos ayuda en absoluto.

Tips para prevenir la tendencia al sufrimiento.

En muchas ocasiones, prevenir el sufrimiento se basa en adoptar una posición psicoactiva que nos evite entrar en ese callejón sin salida que supone quedarnos atascados en el dolor. Estas son algunas cosas que podemos hacer para evitarlo:

  1. Identificar los pensamientos negativos recurrentes. El primer paso consiste en reconocer aquellas ideas que aparecen de manera repetitiva y que tienden a anticipar consecuencias negativas. Detectar pensamientos como “todo va a salir mal” o “o voy a poder solucionarlo” permite empezar a cuestionarlos en lugar de aceptarlos automáticamente como una realidad.
  2. Aprender a diferenciar problemas reales de preocupaciones anticipadas. No todas las preocupaciones requieren una respuesta inmediata. En ocasiones, la mente se adelanta a situaciones que todavía no han pasado y genera sufrimiento por acontecimientos que son hipotéticos. Distinguir entre un problema real y una posibilidad ayuda a evitar un desgaste emocional innecesario.
  3. Centrarse en aquello que podemos controlar. Ante una situación complicada, conviene separar los aspectos que dependen de uno mismo de aquellos que escapan a nuestro control. Dedicar energía a las decisiones y acciones que sí podemos realizar permite afrontar las dificultades de una manera más práctica y reduce la sensación de impotencia.
  4. Evitar alimentar las ideas rumiantes. Dar vueltas continuamente a una conversación, un error o una situación desagradable puede mantener activa la preocupación durante horas. Es importante establecer momentos de desconexión, cambiar de actividad o centrar la atención en tareas concretas puede ayudar a interrumpir este círculo de pensamientos repetitivos.
  5. Mantener hábitos que favorezcan el equilibrio emocional. Dormir adecuadamente, realizar actividad física, mantener relaciones sociales y reservar tiempo para actividades agradables no solucionan por sí mismos los problemas psicológicos, pero pueden proporcionar una base más estable para afrontar las dificultades cotidianas.
  6. Pedir ayuda cuando el sufrimiento se vuelve persistente. Si la preocupación, la tristeza o los pensamientos negativos interfieren de forma habitual en la vida diaria, buscar apoyo psicológico puede ser una herramienta importante. Un profesional puede ayudar a identificar patrones de conducta que mantienen el malestar y desarrollar estrategias para romperlos.

La vida es un camino de aprendizaje.

Considero que es importante entender la vida como un proceso de aprendizaje. Aprendemos de todo lo que nos pasa. De lo bueno y de lo malo. Empezamos a andar, a crecer, a evolucionar durante toda nuestra vida. Desde que nacemos hasta que nos morimos. La vida es finita y no nos podemos dar el lujo de quedarnos parados.

Esa sensación de sufrimiento de la que estamos hablando es una parada forzada en nuestro camino. Algo que nos impide avanzar y disfrutar de lo que sucede a nuestro alrededor. Ya lo decía John Lennon: “La vida es lo que nos pasa mientras estamos ocupados en otros planes, en otras cosas”. Aunque nosotros estemos encerrados en nuestro dolor, hay cosas que nos están sucediendo. Probablemente, muchas sean positivas para nosotros. Sin embargo, no nos damos cuenta, no les prestamos la mínima atención.

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